Cuando mi padre me decía “esta noche vamos a armar unos anzuelos para coger la babilla de la Semana Santa”, yo ya sabía que él había ido al mercado a comprar una libra de bofe (vísceras) de ganado y la había tenido todo el día bajo el sol para darle ese olor llamativo que sólo le gusta a la babilla.
Cuando empezaba a caer la noche de ese lunes santo y los mosquitos llegaban, de repente mi padre decía: “búscate las botas y la rula (el machete) y vámonos”.
Salíamos hacia la represa. Cuando llegábamos, mi padre hacia un ruido raro con la boca. Era como un grito ahogado. Él me decía que así se llamaba a las babillas. Y sí. Ellas salían. Sus ojos se asomaban sobre el agua con el reflejo de las linternas. “Vamos a colocar este anzuelo aquí”. Era un garfio envuelto con un pedazo de bofe. Iba amarrado a varios metros de pita y a un pedazo de madera. Colocábamos cinco en diferentes lugares no muy tupidos, tampoco muy vacíos. Nos íbamos de regreso a la casa.
A las cuatro de la mañana sonaba la alarma. Era mi padre moviéndome para que me levantara y lo acompañara. Al llegar halé la primera y la segunda pita. Estaban tal cual la habíamos dejado. Halé la tercera, y ahí estaba la babilla que se había tragado el anzuelo. Ya con las claraboyas del día, como mi abuelo describía el amanecer, se sacaba del agua, se sacrificaba con machete y traíamos la buena noticia a toda la familia.
Mi madre tenía listo el café y el fogón de leña encendido con buena braza para pasar la babilla por el fuego y quitarle el hollejo. Luego la partió en varios pedazos, la colocó al fuego con agua y sal por unos diez minutos. Después de que la jefa de la casa preparó el desayuno dejando el fogón con buena braza como para azar una mazorca de maíz negrito, escuché el “tráiganme la parrilla. Era esa parrilla de varillas de hierro para colocar sobre las brasas y ahumar los pedazos de babilla- Una vez bien secos, todo estaba listo para preparar un delicioso revoltillo de babilla. Sabe a pescado. Dicen que por eso el señor Pascual, quien llegó de otro pueblo, tuvo 24 hijos. Ese martes, después del desayuno, la tarea era ir al monte a conseguir la leña para cocinar, sancochar la babilla, preparar el revoltillo y el arroz con frijol. Cada día que pasaba, la carne era ahumada por un rato. Finalmente, el viernes santo, desde las cuatro de la mañana, estaba el fogón encendido sancochando la babilla y cocinando lo demás.
“Los hombres vengan a moler” decía mi mamá quien ya había desmenuzado los pedazos de carne y la tenía en una bangaña (recipiente ancho similar a la totuma) revuelto con buena cebolla, ají dulce, ajo, comino, cebolla larga y zanahoria. Esa carne se molía con todas las verduras al gusto y la
echaba a un caldero con aceite y achiote para darle color. A las ocho de la
mañana se escuchaba “LA COMIAAAAAA.
Se me hacía agua la boca porque sabia que era la babilla que iba a comer con
arroz de frijol, ensalada y un vaso de chicha dulce.

